Sin muelas y sin mi abuela
Por fin cumplĂ una de las metas que tenĂa hace al menos unos tres años: me saquĂ© las muelas del juicio. }
Los dĂas anteriores no habĂa estado nerviosa para nada porque estaba viviendo en mi propio mundo. Sin embargo, al momento de entrar en ese pequeño pabellĂłn mi corazĂłn empezĂł a latir fuerte y me sentĂa tiritar, como si tuviera que leer un discurso frente a millones de personas que están atentas a ti. Me sentĂ© en esa silla de dentista, luego la asistente me puso los trajes color celeste y recogĂ mi pelo en la gorra para preparar el área de la pequeña intervenciĂłn.
Cuando llegĂł el dentista sentĂ mi corazĂłn latir nuevamente. Me cubrieron la cara y mis lágrimas ya no pudieron aguantar más y empezaron a rodar por mis mejillas. Nadie me veĂa, pero es como si con esa manta con la que me cubrieron el rostro hubiesen podido por fin levantar un velo que no me dejaba llorar. Suspiraba cansada a medida que avanzaba el procedimiento porque sin darme cuenta habĂa apretado mis manos y mis pies.
Quiero decir que no sabĂa que iba a llorar ahĂ, pero lo hice porque pensĂ© en mi abuelita, en su historia, y para ser sincera, no sĂ© por quĂ© me acordĂ© tanto de ella. Quizás, muy probablemente, mis propios nervios me hicieron pedir ayuda a la Ăşnica persona que podĂa estar ahĂ conmigo, quiero creer que ella estaba ahĂ, mirándome con incredulidad porque a quiĂ©n se le ocurre sacarse tres muelas de un tirĂłn. DespuĂ©s pensaba el por quĂ© mi abuelita se habĂa sacado sus dientes, pensĂ© en mi mamá y mi papá que han perdido algunos, pensĂ© en mi hermano a quiĂ©n priorizaron mis papás para atenderlo en el dentista porque era el que más lo necesitaba, y volvĂ a pensar en mĂ, que a pesar de haber dejado pasar muchos años para hacerlo, ahĂ estaba en esa silla, llena de anestesia mientras me sacaban esos dientes.
En toda la operaciĂłn pensĂ© que este es un regalo para la yo del futuro. Ojalá asĂ sea. Y no fue nada fácil, costĂł bastante que salieran segĂşn el dentista. Tienes huesos fuertes, habĂa dicho un par de veces, y sin querer sentĂ un calor en el pecho al escuchar esa frase, algo muy parecido al orgullo por mi cuerpo.
Antes de terminar con la tercera muela, habĂa dejado de llorar. SeguĂa suspirando un poco cansada de todo, pero con pena aĂşn acumulada. AsĂ que lleguĂ© a mi casa a seguir llorando antes de caer rendida en mi cama.
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