Las flores en el campo también sirven para dar las gracias
Un día me fui al campo a recoger flores de muchos colores; en lo personal me gustan mucho las flores rosadas, rojas y blancas, pero también me gustan las que son amarillas, moradas y bicolores. En el campo al que fui, que es uno que está cerca de mi casa, habían muchas para mi agrado y partí cortándolas y juntándolas en una canasta de mimbre en la que mi abuela cuando ella era chica iba a vender quesos. Le puse unas ramas con hojas verdes para que así simulara el campo hermoso que tenía frente a mis ojos.
Recuerdo que ese día me levanté y me puse un vestido lindo que tenía en el fondo del closet, y aunque quería combinarlo con unos zapatitos que hicieran juego con el outfit en general, no pude hacerlo y me termine poniendo mis típicas zapatillas. Creo que tomé una buena decisión porque terminé caminando mucho. Le saqué fotos a las flores que estaban en la tierra y a las de mi canasto. Todo se veía hermoso.
Me fui caminando por la calle en la que se encontraban todos los colegios a los que había ido a lo largo de mi enseñanza escolar: ese medio amarillo del mismo color de mi casa, ese plomo y feo que parecía cárcel y al rosado, que parecía lindo, pero que era una cárcel igual.
Al final del camino me di cuenta que esos antiguos edificios ya no estaban y se habían fusionado en uno solo color celeste al final de esa calle que por fin habían abierto. Pasé tímidamente, aunque sin olvidar mis modales aprendidos después de estudiar cierto oficio, saludando con una sonrisa al portero; era nuevo, y aunque hubiese sido el mismo de siempre no me habría reconocido. El colegio era bonito, pero seguía siendo una cárcel sin importar la forma que había tomado luego de la fusión. Al pasar la entrada había un pasillo largo con salas, oficinas del director e inspectoría, y al final de él un parquecito con dos cuadrados en el suelo pintados de verde simulando el pasto. Al final de él habían personas, y eran a las cuales quería darles las gracias. El corazón me latía más fuerte y sentía mis orejas rojas, sumándole a eso esa sonrisa nerviosa en la cual mis mejillas tiritan lo que hace que mis párpados también lo hagan y que no me permiten hacer contacto visual. Ahí estaban mis profesores que tuve durante mi vida, unos se veían borrosos y asumo que era porque no recordaba mucho de ellos, mientras que otros llegaban a brillar por la influencia positiva o negativa que tuvieron en mí. De a poco me fui paseando y sentí en el principio de la fila como me iba haciendo más pequeña, mi vestido quedaba nadando en algún punto y con suerte podía caminar con las zapatillas que me quedaban grandes. Mis pequeñas manos se metían en el canasto y sacaban flores dándoselas a los personajes frente a mí. Algunos me abrazaban, otros, al igual que yo, no recordaban quien era, así que era una sonrisa de respeto, ese respeto que uno aprende al dar el ejemplo a los otros.
A medida que avanzaba en la fila iba creciendo, mi pelo sufría cambios al igual que mi voz; frente a algunos profesores me mostraba más triste y frente a otros más felices, lo que justo calzaba con los años en los que compartí con ellos; al llegar al final de la fila algunos me daban las gracias por las flores tan bonitas, otros me decían que me sumara a la fila y otros tantos que corriera.
Camino a mi casa con el corazón lleno a comparación del canasto que ahora estaba casi vacío de no ser por alguna que otra hoja que se quedó enredada entre las hileras de mimbre, aún no sabía si unirme a aquella fila o no. Era un paso difícil, me daba miedo, y creo que hasta ese momento no me había dado cuenta que dar las gracias era una forma de reconocer el arduo trabajo de esas personas. Esa noche soñé con la fila. Aún no sabía si unirme o no.
Recuerdo que ese día me levanté y me puse un vestido lindo que tenía en el fondo del closet, y aunque quería combinarlo con unos zapatitos que hicieran juego con el outfit en general, no pude hacerlo y me termine poniendo mis típicas zapatillas. Creo que tomé una buena decisión porque terminé caminando mucho. Le saqué fotos a las flores que estaban en la tierra y a las de mi canasto. Todo se veía hermoso.
Me fui caminando por la calle en la que se encontraban todos los colegios a los que había ido a lo largo de mi enseñanza escolar: ese medio amarillo del mismo color de mi casa, ese plomo y feo que parecía cárcel y al rosado, que parecía lindo, pero que era una cárcel igual.
Al final del camino me di cuenta que esos antiguos edificios ya no estaban y se habían fusionado en uno solo color celeste al final de esa calle que por fin habían abierto. Pasé tímidamente, aunque sin olvidar mis modales aprendidos después de estudiar cierto oficio, saludando con una sonrisa al portero; era nuevo, y aunque hubiese sido el mismo de siempre no me habría reconocido. El colegio era bonito, pero seguía siendo una cárcel sin importar la forma que había tomado luego de la fusión. Al pasar la entrada había un pasillo largo con salas, oficinas del director e inspectoría, y al final de él un parquecito con dos cuadrados en el suelo pintados de verde simulando el pasto. Al final de él habían personas, y eran a las cuales quería darles las gracias. El corazón me latía más fuerte y sentía mis orejas rojas, sumándole a eso esa sonrisa nerviosa en la cual mis mejillas tiritan lo que hace que mis párpados también lo hagan y que no me permiten hacer contacto visual. Ahí estaban mis profesores que tuve durante mi vida, unos se veían borrosos y asumo que era porque no recordaba mucho de ellos, mientras que otros llegaban a brillar por la influencia positiva o negativa que tuvieron en mí. De a poco me fui paseando y sentí en el principio de la fila como me iba haciendo más pequeña, mi vestido quedaba nadando en algún punto y con suerte podía caminar con las zapatillas que me quedaban grandes. Mis pequeñas manos se metían en el canasto y sacaban flores dándoselas a los personajes frente a mí. Algunos me abrazaban, otros, al igual que yo, no recordaban quien era, así que era una sonrisa de respeto, ese respeto que uno aprende al dar el ejemplo a los otros.
A medida que avanzaba en la fila iba creciendo, mi pelo sufría cambios al igual que mi voz; frente a algunos profesores me mostraba más triste y frente a otros más felices, lo que justo calzaba con los años en los que compartí con ellos; al llegar al final de la fila algunos me daban las gracias por las flores tan bonitas, otros me decían que me sumara a la fila y otros tantos que corriera.
Camino a mi casa con el corazón lleno a comparación del canasto que ahora estaba casi vacío de no ser por alguna que otra hoja que se quedó enredada entre las hileras de mimbre, aún no sabía si unirme a aquella fila o no. Era un paso difícil, me daba miedo, y creo que hasta ese momento no me había dado cuenta que dar las gracias era una forma de reconocer el arduo trabajo de esas personas. Esa noche soñé con la fila. Aún no sabía si unirme o no.
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