Jorge González
No me sabía ninguna de las canciones que estaba cantando, así que solo me dediqué a seguir el show con atención y respeto. Era la última presentación de aquel hombre que de personalidad me caía mal, pero que es un recuerdo de generaciones pasadas que se sienten a la vez cercanas.
Me acordé de mi mamá. Me acordé de ella. Ella, quien vivió en San Miguel, que vio a la banda sinónimo de los carcelarios cuando no eran nadie y que con el tiempo lo eran todo, lo son todo, un must como dirían las bloggers de maquillaje. Me acordé cuando mi mamá me explicó lo importante fue la banda para su vida en su época del liceo, en la época de los 80; me acordé de como viendo el Festival de Viña de ese año ella se sentó conmigo en la pieza a tararear todas las canciones, a decirme lo importante que fueron esas rimas para sobrellevar años difíciles en su vida.
Había partido el tren y mis lágrimas empezaron a brotar; eran pequeñas, como siempre, pero yo las sentía como lágrimas dignas de una película del Studio Ghibli: grandes, aguosas y pesadas. El tren significaba recuerdos en mi vida, de un sur en mi vida no era tan lejano y que tampoco lo era para mi mamá.
Me acordé también de mi papá, alguien que pudo tener muchas riquezas, pero que por un error de cálculo en una de las generaciones lo mandó a ser, en sus propias palabras, un pobre y triste weón.
Ese tren al sur nunca más sería lo mismo; ahora sería un lindo y triste tren de recuerdos.
Me acordé de mi mamá. Me acordé de ella. Ella, quien vivió en San Miguel, que vio a la banda sinónimo de los carcelarios cuando no eran nadie y que con el tiempo lo eran todo, lo son todo, un must como dirían las bloggers de maquillaje. Me acordé cuando mi mamá me explicó lo importante fue la banda para su vida en su época del liceo, en la época de los 80; me acordé de como viendo el Festival de Viña de ese año ella se sentó conmigo en la pieza a tararear todas las canciones, a decirme lo importante que fueron esas rimas para sobrellevar años difíciles en su vida.
Había partido el tren y mis lágrimas empezaron a brotar; eran pequeñas, como siempre, pero yo las sentía como lágrimas dignas de una película del Studio Ghibli: grandes, aguosas y pesadas. El tren significaba recuerdos en mi vida, de un sur en mi vida no era tan lejano y que tampoco lo era para mi mamá.
Me acordé también de mi papá, alguien que pudo tener muchas riquezas, pero que por un error de cálculo en una de las generaciones lo mandó a ser, en sus propias palabras, un pobre y triste weón.
Ese tren al sur nunca más sería lo mismo; ahora sería un lindo y triste tren de recuerdos.
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