Hablando ¿sola?

Caminar sola por la ciudad era uno de sus panoramas favoritos; generalmente mentĂ­a cuando decĂ­a que se iba en taxi o en un bus a casa cuando eran pasada de las 10 de la noche solo para poder caminar al ritmo de la mĂşsica que llevaba en su celular. De vez en cuando, cuando tenĂ­a tiempo libre y veĂ­a una iglesia, entraba.

En Santiago las iglesias son bonitas y tienen esa característica típica de una ciudad de más de 6 millones de habitantes: anonimato. Una vez adentro de estas construcciones con al menos 100 años de antigüedad llevaba a cabo el ritual que su madre le enseñó desde pequeña el cual consistía en ir a la fuente al lado de la puerta principal, acercar su mano derecha, mojar sus dedos índice y medio para finalmente persignarse al medio de la iglesia al frente de Jesús crucificado. Luego trataba de sentarse no tan al principio ni tan al final, lo cual no era al azar, si no que era un movimiento planeado para no salir en las fotografías de los turistas que las visitaban, quienes se ponen a la entrada del edificio y al final para capturar la perspectiva del espacio y detalles. A nadie le interesaba en realidad captar a las personas que le daban vida al edificio, almas que entran a agradecer o a pedir al que está arriba, quien, según ellos, guía sus vidas.

Cuando ya estaba sentada se persignaba de nuevo a pesar de haberlo hecho a la entrada del templo, y acto seguido rezaba un Padre Nuestro y un Ave María. Hubo un tiempo en su vida que no rezaba a la virgen porque alguien le había metido en la cabeza que era malo y que rayaba en la herejía, después olvidó a la señora quien le había dicho eso y volvió a rezarle a la mujer más santa de todas.

Luego de eso iniciaba su conversaciĂłn con Él. Nunca le hablaba como si fuera alguien a quien tenerle respeto o admiraciĂłn suprema, si no que siempre lo hacĂ­a como si fuese un amigo o un conocido de confianza, habiendo veces hasta en las que se enojaba con Él. Es que ¿cĂłmo no hacerlo? Habiendo tanta desgracia en el mundo, pensaba ella, Él quien nos creĂł y que supuestamente nos quiere, deja que todo esto pase, y se enojaba, aunque pronto volvĂ­a porque habĂ­a algo que la hacĂ­a creer.

En su conversación primero daba la gracias, y a veces ahí terminaba la conversación, pero otras ocasiones se extendía a pedir por la familia, por los que se habían ido, por los amigos, por las ideas, y dar gracias de nuevo por los pequeños favores concedidos durante los días.

Siempre terminaba llorando. A veces llevaba la máscara de pestañas a prueba de agua y al llegar a casa ni ella misma se acordaba de que había llorado sola frente a una estatua de cerámica fría en una banca al lado de otra gente desesperada; en otras iba con la máscara equivocada y se le corría la pintura, por lo que trataba de quitarse lo que quedaba en sus ojos con un pequeño pedazo de papel confort o simplemente con la manga de su chaleco o polera, para luego persignarse para dar finalizada la conversación y quedarse unos minutos contemplando la arquitectura del lugar. Pasado los minutos para que sus ojos volvieran a un color natural, sacaba su espejo o su celular, se miraba y se aplicaba labial, cerraba el espejo, lo guardaba en la mochila y disponía a pararse.

Al salir de la iglesia iba de nuevo a la fuente ubicada a un lado de la puerta principal, hundĂ­a los mismos dedos que metĂ­a al principio, los acercaba a la frente, hacĂ­a la cruz que pasaba por su cabeza el pecho y ambos hombros para terminar en sus labios.

A veces sacaba el celular para tomarle una foto a la nueva iglesia que conociĂł ese dĂ­a, porque ser un turista en tu propia ciudad siempre es divertido.

Al final del ritual que ella misma habĂ­a creado sin darse cuenta, ponĂ­a los audĂ­fonos en la entrada de auriculares de su celular, le daba play al reproductor, se arreglaba a la mochila y se perdĂ­a nuevamente en el mar de gente dentro de la selva que es la ciudad a las siete de la tarde un dĂ­a martes.


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